Un hombre de música encalla en la noche. La Mujer animal, con cara de animal, vigila el estruendo en una paciencia que desquicia el espesor del bosque. Sexos pacíficos. Niños concentrados. Paisages rotos. El Sol en un hula hoop. El abismo en el salon o la trinidad a la deriba de los tiempos acostumbrados. Hay una escalera que engulle la imaginación del cocodrilo. Hay restos de horizonte en las caderas de una anciana que todavía se enamora de no se sabe muy bien qué. Hay una luz que divide la expresión de los incrédulos entre las piernas de una asesina encantadora. Hay un ángel bajo alas que desdibujan voluntades de cometa. Hay un fuego inmenso en la distracción de una sonrisa, o el secreto de un beso terrible en la serenidad del cuervo. Donde el niño muerto, que está muerto porque lo tantea el vivo, consigue olvidar finalmente la dictadura de los ciclos.

'Fantasía lógica de aquellos que resisten, con dócil simpatía, la demencía que encubre todo sistema'.

Poe, Celan, Trakovsky, Dreyer, Bergman, etc conspiran en su querer, pero Patricia no distingue, en el mejor de los sentidos y afortunadamente, la Nada de los Mundos. Sus personajes no ejecutan; discurren, y sin necesidad de caer en la denuncia o el efectismo, encuentra una poderosa verdad simplemente en la tierna elección de los colores. Inocentes en principio, sin culpa, en el rigor de sus armonizadas composiciones, la frescura de las técnicas que desarrolla y la vehemencia de su innegable estilo, evidencia la Vida; con la que hincha su trazo de maravillosa sensualidad. Y más que desvelar misterios, despeja metafísicas como fragmentes de Gracia y Amor real.

'Su obra tiene alma, lo que en Pintura vendría a significar: conocimiento''.

Xavier González

ENTREVISTA

La señorita Fort navega el atlántico otoñal en un llaüt pop sin motor que avanza lentamente entre sus aguas quiméricas sorteando la furia ciclónica a golpe de consciencia onírica. Una alegoría materializada de la profundidad del subconsciente tratada con un humor erudito y elaborado. Sus brochazos delicados de colores arenosos avanzan por el lienzo con un letargo en el que subyace una intencionalidad reposada y medida. Sus personajes metamórficos se nos aparecen casi fantasmagóricos en los rincones del paisaje que es interior a la vez que es exterior y que parece no tener límite, porque al igual que en los sueños los contornos se diluyen. Situaciones cotidianas en desiertos evaporados, jugadas de azar sobre mantelerías y con cigarros humeando entre las manos de sus participantes, retratos familiares desdibujados y traumas infantiles sin resolver, soledades compartidas en silencio y que son secretos universales que se dicen con la mirada pero que omitimos por no escucharlos. El olor a tragedia se mezcla con el de neumáticos quemados pero sus personajes parecen no darse cuenta, ajenos a los que conforman la escena miran hacia otro lado abriéndose ante nosotros, los espectadores, la multirrealidad que a veces parecemos olvidar. Sí, somos amigas, de las de verdad, por eso puedo desentramar los mensajes ocultos tras cada pincelada, porque la conozco y sé que está allí detrás relatando con esa ironía somnolienta y certera lo que ve en las situaciones cotidianas que he tenido el placer de compartir con ella, escenas que al igual que en las fronteras de sus cuadros también se diluyen la noche y el día hasta convertirse en uno diferente y que sólo en sueños podemos ver.

Adriana Petit